renrenik
31/10/05, 10:04:15
La mojigata
El señor de Sernenval, que rondaba los cuarenta años de edad, contaba con unas doce o quince mil libras de renta que gastaba con toda tranquilidad en ParÃ*s, y no ejercÃ*a ya la carrera de comercio que antaño habÃ*a estudiado con miras a conseguir un cargo de regidor. HacÃ*a algunos años habÃ*a contraÃ*do matrimonio con la hija de uno de sus antiguos colegas, cuando ella tenÃ*a unos veinticuatro años. No habÃ*a otra mujer con tanta frescura, con tanta lozanÃ*a y tan rellenita como la señora de Sernenval. Aunque no tuviera el fÃ*sico de las Gracias, resultaba tan apetecible como la mismÃ*sima madre del amor, y aunque su apariencia no fuera precisamente el de una reina, emanaba de ella tanta voluptuosidad, con esos ojos tan amorosos y lánguidos, esa boca tan hermosa, esos senos tan redonditos y firmes, que era una de las mujeres más atrayentes de ParÃ*s.
Sin embargo, la señora de Sernenval, tan atractiva como era, adolecÃ*a de un defecto insoportable: una infinita mojigaterÃ*a, una beaterÃ*a irritante y una actitud tan ridÃ*culamente pudorosa que raramente su marido podÃ*a convencerla para que se dejara ver en público en su compañÃ*a. Tampoco era frecuente que accediera a pasar la noche con él, y cuando se dignaba a otorgarle este placer, lo hacÃ*a siempre con el máximo recato, vestida con un horrible camisón del que no se despojaba jamás. Únicamente le permitÃ*a la entrada a través de una abertura realizada artÃ*sticamente, a tal efecto, en el pórtico del Himeneo, y siempre con la condición de que no intentara ningún otro contacto ni tocamiento deshonesto.
Él respetaba con resignación los pudorosos lÃ*mites que ella le imponÃ*a para evitar que montara en cólera, y por miedo a perder el favor de su mujer, a la que adoraba, aunque tanta mojigaterÃ*a le resultaba ridÃ*cula; por eso, de vez en cuando, intentaba sermonearla.
- No es pasando todo el dÃ*a en las iglesias, rodeada de curas, como una mujer honesta cumple con sus deberes matrimoniales. Lo primero de todo es atender a los de la propia casa. HarÃ*as más honor a los designios del eterno viviendo de forma honrada en el mundo real que enterrándote en las iglesias. Además, esos sementales de MarÃ*a son mucho más peligrosos que mis leales amigos, a los que tú evitas. Como te amo tanto me preocupan seriamente todas esas prácticas religiosas. ¿Y quién me asegura a mÃ* que, en vez de acudir a los altares de Dios, no caigas de vez en cuando en el blando lecho de algún levÃ*tico? Esos bribones son de lo más dañino: hablando de Dios es como seducen a nuestras mujeres y a nuestras hijas, y en su nombre nos deshonran y engañan. Todos te consideran un modelo de virtudes, y yo también lo creo ¿pero qué pruebas tengo de que realmente seas digna de esa reputación? Con más facilidad lo creerÃ*a si te viera salir airosa de los intentos de seducción de otros hombres, pues la esposa que no corre nunca ningún riesgo, y que tan segura se siente de sÃ* misma, se convierte en una vÃ*ctima fácil.
Ante este tipo de sermones, la señora de Sernenval nunca respondÃ*a nada, ya que era evidente que la argumentación no tenÃ*a réplica alguna; pero se ponÃ*a a llorar, recurso muy común entre las mujeres enamoradas o débiles, y también entre las hipócritas. Ante esto, su marido no se atrevÃ*a a seguir.
Esta era la situación cuando un viejo amigo del señor de Sernenval vino desde Nancy con objeto de visitarle, y también para resolver varios asuntos de negocios que tenÃ*a pendientes en la capital. Desportes, asÃ* se llamaba este vividor que tenÃ*a aproximadamente la misma edad de su amigo, no hacÃ*a ascos a ninguno de los placeres que la bienhechora naturaleza ofrece a los hombres para que olviden sus desdichas. Aceptó con agrado alojarse en la casa de Sernenval y se alegró mucho de verle, aunque se extrañó ante la actitud de la mujer de este, que desde el momento en que supo de la presencia del extraño, se enclaustró en sus habitaciones y no se dejó ver ni a la hora de la comida. Desportes, pensando que su presencia le era incómoda, se ofreció a buscar otro alojamiento, pero su amigo le disuadió de ello y acabó por confesarle las ridiculeces de su bella esposa.
- Tenemos que perdonarla -le rogó el ingenuo esposo- ya que sus innumerables virtudes compensan estos pequeños defectos. Me atrevo a pedir tu comprensión, igual que ella tiene la mÃ*a.
- Por mi parte no hay problema -respondió Desportes- Sabiendo que no se trata de nada personal contra mÃ*, y teniendo en cuenta que es la mujer de quien tanto estimo, no veré en sus defectos más que respetables virtudes.
El señor de Sernenval abrazó a su amigo y desde entonces ya no se ocuparon más que de gozos y placeres.
Si no fuera por la estulticia de dos o tres cernÃ*calos que desde hacÃ*a unos cincuenta años controlaban en Paris la prostitución, y en concreto la de un granuja español que astutamente ganaba cien mil escudos anuales con el negocio de la Inquisición, no cabe duda que dos dignos burgueses como estos, soltero el uno y casado con una mojigata el otro, hubieran podido acudir con toda legitimidad a uno de los lupanares de la ciudad para divertirse un poco. Pero ya se habÃ*a instaurado la grosera idea de que, para el buen gobierno de la Nación, era necesario que sus gentes diesen minuciosa cuenta de aquellas partes del cuerpo que más solazan al individuo, porque ello constituÃ*a uno de los resortes más efectivos del poder y uno de los pilares más seguros de la virtud. Se habÃ*an hecho creÃ*bles ideas absurdas como, por poner un ejemplo, que el hombre al que le gusta admirar los pechos de una mujer es un canalla, pero el que se limita a observar la curva de una cadera sigue siendo un hombre honrado; ocurrÃ*a, además, que a quien cayera en una de las categorÃ*as consideradas como inaceptables, según la moda, se le consideraba el peor enemigo del Estado. Y como este tipo de grotescas infamias logran realmente congelar el deseo de los ciudadanos, al señor de Sernenval ni se le pasó por la cabeza proponer a su amigo semejantes actividades licenciosas.
Dándose cuenta de ello, aunque sin comprender del todo los motivos, Desportes le preguntó por qué se habÃ*a brindado a gozar con él de todos los placeres de la capital, pero ni siquiera se habÃ*a atrevido a mencionar estos. Sernenval aludió a la inoportunas actividades de la Inquisición, pero su amigo se rió y afirmó que con total seguridad, a pesar de todos los informes, listas de alcahuetes y demás actividades disuasorias, él querÃ*a ir a cenar con unas prostitutas.
- De acuerdo -respondió el señor de Sernenval- Para que veas cual es mi manera de pensar, yo mismo te procuraré estos placeres, pero espero que lo comprendas: por el lazo sentimental que me une a mi esposa, a la que no deseo traicionar, yo me abstendré de ellos.
Desportes se mofó un poco de la actitud de su amigo, pero al comprobar lo inflexible que era en su decisión, lo aceptó y salieron. La popular madame S. fue la sacerdotisa en cuyo templo pensó el señor de Sernenval inmolar a su amigo.
- Necesitamos una mujer honrada y en la que podamos confiar, -le explicó-, ya que mi amigo, al que os pido que atendáis con la mayor solicitud, está pasando una temporada en ParÃ*s y no le gustarÃ*a tener que dar malas referencias cuando regrese a su provincia, ni que usted perdiera su reputación allÃ*. De modo que sea franca, y dÃ*ganos si cuenta con la mujer adecuada para hacerle gozar con tranquilidad.
- Escuchad -contestó madame S- Sé perfectamente a quién tengo el honor de dirigirme, y no tengo por costumbre engañar a clientes de esta categorÃ*a, de modo que voy a hablar con claridad y a demostrarles que soy de fiar. Conozco a la mujer que necesitan; únicamente es necesario acordar el precio. Es una criatura adorable que les cautivará en cuanto la vean, lo que aquÃ* llamamos “un bocado de monjeâ€?, y ya saben que entre ellos se encuentran nuestros mejores clientes. Hace tres dÃ*as el obispo de M pagó por ella veinte luises, ayer el arzobispo de R cincuenta, y esta misma mañana he cobrado por ella otros treinta. A ustedes se la ofrezco por diez luises, para ganar su estima, pero será necesaria la máxima puntualidad en el dÃ*a y en la hora; tiene un marido tan celoso que no tiene ojos sino para ella, y solo dispone de algunos ratos en los que le es posible rehuir su vigilancia. De modo que no podrán retrasarse ni un solo minuto de la hora convenida.
Desportes regateó un poco. Jamás ninguna ramera habÃ*a cobrado diez luises en toda la Lorena. Pero cuanto más insistÃ*a él en una rebaja, más ensalzaba madame S su mercancÃ*a, asÃ* que al fin aceptó.
El encuentro fue acordado para el dÃ*a siguiente a las diez de la mañana, y la aventura durarÃ*a todo el dÃ*a. Sernenval decidió acompañarle, pero con la intención de irse pronto y dedicar el resto de la jornada a otras tareas más urgentes. A la hora convenida los dos amigos se presentaron en la casa de citas. La diosa a la que Desportes iba a ofrecerse en sacrificio esperaba allÃ*, en una alcoba levemente iluminada por una luz tenue y voluptuosa.
- Dichoso hijo del amor -dijo el señor de Sernenval, empujando a su amigo hacia el templo- acude presto a los sensuales brazos te aguardan. Ya me contarás luego, y yo me alegraré infinitamente de tu felicidad. Además, como no sentiré celos de ninguna clase, mi alegrÃ*a será mucho más pura.
Más de tres horas duró el homenaje, hasta que Desportes por fin salió asegurando que jamás habÃ*a probado nada parecido, porque ni la mismÃ*sima Venus le hubiera podido hacer gozar asÃ*.
- ¿Dices que es deliciosa? -preguntó Sernenval un tanto acalorado.
-¿Deliciosa? No hay palabras para explicarte ni remotamente cómo es. No hay pincel que pueda describir la voluptuosidad de sensaciones en la que me he visto inmerso. Aparte de los encantos que le ha otorgado la naturaleza, cuenta con un arte tan sensual que aún me siento trasportado. Pruébalo... pruébalo amigo mÃ*o, por favor, y tendrás que reconocer que no hay otra como ella en todo Paris.
Sernenval se mantuvo firme, pero como se le habÃ*a despertado cierta curiosidad, pidió a madame S que hiciera pasar a la joven por delante de él cuando saliera de la alcoba. Y asÃ* fue. Pero cuando salió la diosa, con un porte orgulloso y altivo... ¡Por Dios! ¡Qué cara se le puso al señor de Sernenval cuando reconoció a su mujer! Es ella... esa mojigata que ni tan siquiera se deja ver por los amigos de su esposo, allÃ*, prostituyéndose en una casa de lenocinio.
-¡Canalla!-gritó lleno de furia, pero ya no logró alcanzar a su traicionera esposa que, al verse en evidencia, salió huyendo. En un estado de agitación indescriptible, Sernenval fue a pedirle cuentas a Madame de S; ella le pidió excusas, pero le aseguró que aquella mujer llevaba ya más de diez años trabajando en aquella casa. Desde hace más de diez años, es decir, desde mucho antes de la boda con él.
-¡Esa malvada mujerzuela! -musitó entre sollozos el desventurado esposo, a quien su amigo trataba de consolar en vano- Pero es mejor asÃ*, desprecio es lo único que merece y el mÃ*o la cubrirá para siempre. Sin embargo, con esta experiencia cruel he aprendido algo: que jamás se debe juzgar la virtud de las mujeres tomando como referencia su máscara de hipocresÃ*a.
Sernenval volvió a su casa, y nunca más volvió a ver a su virtuosa esposa; esa ramera indecente habÃ*a tomado su propio camino, lo cual a él no le preocupó en absoluto. Desportes se despidió al dÃ*a siguiente, no deseando imponer su presencia en semejante situación. El desafortunado Sernenval quedó solo, destrozado, lleno de odio y de dolor, y comenzó a redactar un escrito contra las esposas hipócritas que nunca sirvió para corregir a las mujeres de su doblez y que ningún hombre leyó jamás.
Fin
El señor de Sernenval, que rondaba los cuarenta años de edad, contaba con unas doce o quince mil libras de renta que gastaba con toda tranquilidad en ParÃ*s, y no ejercÃ*a ya la carrera de comercio que antaño habÃ*a estudiado con miras a conseguir un cargo de regidor. HacÃ*a algunos años habÃ*a contraÃ*do matrimonio con la hija de uno de sus antiguos colegas, cuando ella tenÃ*a unos veinticuatro años. No habÃ*a otra mujer con tanta frescura, con tanta lozanÃ*a y tan rellenita como la señora de Sernenval. Aunque no tuviera el fÃ*sico de las Gracias, resultaba tan apetecible como la mismÃ*sima madre del amor, y aunque su apariencia no fuera precisamente el de una reina, emanaba de ella tanta voluptuosidad, con esos ojos tan amorosos y lánguidos, esa boca tan hermosa, esos senos tan redonditos y firmes, que era una de las mujeres más atrayentes de ParÃ*s.
Sin embargo, la señora de Sernenval, tan atractiva como era, adolecÃ*a de un defecto insoportable: una infinita mojigaterÃ*a, una beaterÃ*a irritante y una actitud tan ridÃ*culamente pudorosa que raramente su marido podÃ*a convencerla para que se dejara ver en público en su compañÃ*a. Tampoco era frecuente que accediera a pasar la noche con él, y cuando se dignaba a otorgarle este placer, lo hacÃ*a siempre con el máximo recato, vestida con un horrible camisón del que no se despojaba jamás. Únicamente le permitÃ*a la entrada a través de una abertura realizada artÃ*sticamente, a tal efecto, en el pórtico del Himeneo, y siempre con la condición de que no intentara ningún otro contacto ni tocamiento deshonesto.
Él respetaba con resignación los pudorosos lÃ*mites que ella le imponÃ*a para evitar que montara en cólera, y por miedo a perder el favor de su mujer, a la que adoraba, aunque tanta mojigaterÃ*a le resultaba ridÃ*cula; por eso, de vez en cuando, intentaba sermonearla.
- No es pasando todo el dÃ*a en las iglesias, rodeada de curas, como una mujer honesta cumple con sus deberes matrimoniales. Lo primero de todo es atender a los de la propia casa. HarÃ*as más honor a los designios del eterno viviendo de forma honrada en el mundo real que enterrándote en las iglesias. Además, esos sementales de MarÃ*a son mucho más peligrosos que mis leales amigos, a los que tú evitas. Como te amo tanto me preocupan seriamente todas esas prácticas religiosas. ¿Y quién me asegura a mÃ* que, en vez de acudir a los altares de Dios, no caigas de vez en cuando en el blando lecho de algún levÃ*tico? Esos bribones son de lo más dañino: hablando de Dios es como seducen a nuestras mujeres y a nuestras hijas, y en su nombre nos deshonran y engañan. Todos te consideran un modelo de virtudes, y yo también lo creo ¿pero qué pruebas tengo de que realmente seas digna de esa reputación? Con más facilidad lo creerÃ*a si te viera salir airosa de los intentos de seducción de otros hombres, pues la esposa que no corre nunca ningún riesgo, y que tan segura se siente de sÃ* misma, se convierte en una vÃ*ctima fácil.
Ante este tipo de sermones, la señora de Sernenval nunca respondÃ*a nada, ya que era evidente que la argumentación no tenÃ*a réplica alguna; pero se ponÃ*a a llorar, recurso muy común entre las mujeres enamoradas o débiles, y también entre las hipócritas. Ante esto, su marido no se atrevÃ*a a seguir.
Esta era la situación cuando un viejo amigo del señor de Sernenval vino desde Nancy con objeto de visitarle, y también para resolver varios asuntos de negocios que tenÃ*a pendientes en la capital. Desportes, asÃ* se llamaba este vividor que tenÃ*a aproximadamente la misma edad de su amigo, no hacÃ*a ascos a ninguno de los placeres que la bienhechora naturaleza ofrece a los hombres para que olviden sus desdichas. Aceptó con agrado alojarse en la casa de Sernenval y se alegró mucho de verle, aunque se extrañó ante la actitud de la mujer de este, que desde el momento en que supo de la presencia del extraño, se enclaustró en sus habitaciones y no se dejó ver ni a la hora de la comida. Desportes, pensando que su presencia le era incómoda, se ofreció a buscar otro alojamiento, pero su amigo le disuadió de ello y acabó por confesarle las ridiculeces de su bella esposa.
- Tenemos que perdonarla -le rogó el ingenuo esposo- ya que sus innumerables virtudes compensan estos pequeños defectos. Me atrevo a pedir tu comprensión, igual que ella tiene la mÃ*a.
- Por mi parte no hay problema -respondió Desportes- Sabiendo que no se trata de nada personal contra mÃ*, y teniendo en cuenta que es la mujer de quien tanto estimo, no veré en sus defectos más que respetables virtudes.
El señor de Sernenval abrazó a su amigo y desde entonces ya no se ocuparon más que de gozos y placeres.
Si no fuera por la estulticia de dos o tres cernÃ*calos que desde hacÃ*a unos cincuenta años controlaban en Paris la prostitución, y en concreto la de un granuja español que astutamente ganaba cien mil escudos anuales con el negocio de la Inquisición, no cabe duda que dos dignos burgueses como estos, soltero el uno y casado con una mojigata el otro, hubieran podido acudir con toda legitimidad a uno de los lupanares de la ciudad para divertirse un poco. Pero ya se habÃ*a instaurado la grosera idea de que, para el buen gobierno de la Nación, era necesario que sus gentes diesen minuciosa cuenta de aquellas partes del cuerpo que más solazan al individuo, porque ello constituÃ*a uno de los resortes más efectivos del poder y uno de los pilares más seguros de la virtud. Se habÃ*an hecho creÃ*bles ideas absurdas como, por poner un ejemplo, que el hombre al que le gusta admirar los pechos de una mujer es un canalla, pero el que se limita a observar la curva de una cadera sigue siendo un hombre honrado; ocurrÃ*a, además, que a quien cayera en una de las categorÃ*as consideradas como inaceptables, según la moda, se le consideraba el peor enemigo del Estado. Y como este tipo de grotescas infamias logran realmente congelar el deseo de los ciudadanos, al señor de Sernenval ni se le pasó por la cabeza proponer a su amigo semejantes actividades licenciosas.
Dándose cuenta de ello, aunque sin comprender del todo los motivos, Desportes le preguntó por qué se habÃ*a brindado a gozar con él de todos los placeres de la capital, pero ni siquiera se habÃ*a atrevido a mencionar estos. Sernenval aludió a la inoportunas actividades de la Inquisición, pero su amigo se rió y afirmó que con total seguridad, a pesar de todos los informes, listas de alcahuetes y demás actividades disuasorias, él querÃ*a ir a cenar con unas prostitutas.
- De acuerdo -respondió el señor de Sernenval- Para que veas cual es mi manera de pensar, yo mismo te procuraré estos placeres, pero espero que lo comprendas: por el lazo sentimental que me une a mi esposa, a la que no deseo traicionar, yo me abstendré de ellos.
Desportes se mofó un poco de la actitud de su amigo, pero al comprobar lo inflexible que era en su decisión, lo aceptó y salieron. La popular madame S. fue la sacerdotisa en cuyo templo pensó el señor de Sernenval inmolar a su amigo.
- Necesitamos una mujer honrada y en la que podamos confiar, -le explicó-, ya que mi amigo, al que os pido que atendáis con la mayor solicitud, está pasando una temporada en ParÃ*s y no le gustarÃ*a tener que dar malas referencias cuando regrese a su provincia, ni que usted perdiera su reputación allÃ*. De modo que sea franca, y dÃ*ganos si cuenta con la mujer adecuada para hacerle gozar con tranquilidad.
- Escuchad -contestó madame S- Sé perfectamente a quién tengo el honor de dirigirme, y no tengo por costumbre engañar a clientes de esta categorÃ*a, de modo que voy a hablar con claridad y a demostrarles que soy de fiar. Conozco a la mujer que necesitan; únicamente es necesario acordar el precio. Es una criatura adorable que les cautivará en cuanto la vean, lo que aquÃ* llamamos “un bocado de monjeâ€?, y ya saben que entre ellos se encuentran nuestros mejores clientes. Hace tres dÃ*as el obispo de M pagó por ella veinte luises, ayer el arzobispo de R cincuenta, y esta misma mañana he cobrado por ella otros treinta. A ustedes se la ofrezco por diez luises, para ganar su estima, pero será necesaria la máxima puntualidad en el dÃ*a y en la hora; tiene un marido tan celoso que no tiene ojos sino para ella, y solo dispone de algunos ratos en los que le es posible rehuir su vigilancia. De modo que no podrán retrasarse ni un solo minuto de la hora convenida.
Desportes regateó un poco. Jamás ninguna ramera habÃ*a cobrado diez luises en toda la Lorena. Pero cuanto más insistÃ*a él en una rebaja, más ensalzaba madame S su mercancÃ*a, asÃ* que al fin aceptó.
El encuentro fue acordado para el dÃ*a siguiente a las diez de la mañana, y la aventura durarÃ*a todo el dÃ*a. Sernenval decidió acompañarle, pero con la intención de irse pronto y dedicar el resto de la jornada a otras tareas más urgentes. A la hora convenida los dos amigos se presentaron en la casa de citas. La diosa a la que Desportes iba a ofrecerse en sacrificio esperaba allÃ*, en una alcoba levemente iluminada por una luz tenue y voluptuosa.
- Dichoso hijo del amor -dijo el señor de Sernenval, empujando a su amigo hacia el templo- acude presto a los sensuales brazos te aguardan. Ya me contarás luego, y yo me alegraré infinitamente de tu felicidad. Además, como no sentiré celos de ninguna clase, mi alegrÃ*a será mucho más pura.
Más de tres horas duró el homenaje, hasta que Desportes por fin salió asegurando que jamás habÃ*a probado nada parecido, porque ni la mismÃ*sima Venus le hubiera podido hacer gozar asÃ*.
- ¿Dices que es deliciosa? -preguntó Sernenval un tanto acalorado.
-¿Deliciosa? No hay palabras para explicarte ni remotamente cómo es. No hay pincel que pueda describir la voluptuosidad de sensaciones en la que me he visto inmerso. Aparte de los encantos que le ha otorgado la naturaleza, cuenta con un arte tan sensual que aún me siento trasportado. Pruébalo... pruébalo amigo mÃ*o, por favor, y tendrás que reconocer que no hay otra como ella en todo Paris.
Sernenval se mantuvo firme, pero como se le habÃ*a despertado cierta curiosidad, pidió a madame S que hiciera pasar a la joven por delante de él cuando saliera de la alcoba. Y asÃ* fue. Pero cuando salió la diosa, con un porte orgulloso y altivo... ¡Por Dios! ¡Qué cara se le puso al señor de Sernenval cuando reconoció a su mujer! Es ella... esa mojigata que ni tan siquiera se deja ver por los amigos de su esposo, allÃ*, prostituyéndose en una casa de lenocinio.
-¡Canalla!-gritó lleno de furia, pero ya no logró alcanzar a su traicionera esposa que, al verse en evidencia, salió huyendo. En un estado de agitación indescriptible, Sernenval fue a pedirle cuentas a Madame de S; ella le pidió excusas, pero le aseguró que aquella mujer llevaba ya más de diez años trabajando en aquella casa. Desde hace más de diez años, es decir, desde mucho antes de la boda con él.
-¡Esa malvada mujerzuela! -musitó entre sollozos el desventurado esposo, a quien su amigo trataba de consolar en vano- Pero es mejor asÃ*, desprecio es lo único que merece y el mÃ*o la cubrirá para siempre. Sin embargo, con esta experiencia cruel he aprendido algo: que jamás se debe juzgar la virtud de las mujeres tomando como referencia su máscara de hipocresÃ*a.
Sernenval volvió a su casa, y nunca más volvió a ver a su virtuosa esposa; esa ramera indecente habÃ*a tomado su propio camino, lo cual a él no le preocupó en absoluto. Desportes se despidió al dÃ*a siguiente, no deseando imponer su presencia en semejante situación. El desafortunado Sernenval quedó solo, destrozado, lleno de odio y de dolor, y comenzó a redactar un escrito contra las esposas hipócritas que nunca sirvió para corregir a las mujeres de su doblez y que ningún hombre leyó jamás.
Fin